martes, 7 de abril de 2020

Semana Santa en Reinoso de Cerrato 3ª parte (autor: César Augusto)

Hola: César nos envía la 3 ª parte y última de estas tradiciones que pasaban en Reinoso durante el tiempo en la Semana Santa.
Si ya leíste los capítulos anteriores habréis visto las curiosidades de aquellos tiempos a la hora de las celebraciones religiosas, llama la atención en la 2ª parte donde cuenta  el ruido que metían los chiguitos en la iglesia en el acto llamado "las tinieblas" al a pagarse la ultima vela del candelabro de la iglesia.
 No te lo pierdas son recuerdos muy curiosos.
Un saludo.

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SEMANA SANTA EN REINOSO


César Augusto Ayuso


III- En los años sesenta


Lo que ahora repasaré son mis recuerdos de chiguito, lo que viví en la primera mitad de la década de los sesenta del pasado siglo. Lo primero que anunciaba la llegada de la Semana Santa era el domingo de Pasión, que era el anterior a Ramos. Ese domingo todos los santos de los altares de la iglesia aparecían tapados con un paño morado. Ello quería decir que a partir de ese día solo había que pensar en la Pasión y olvidarse de otras devociones.
El domingo de Ramos tenía un cierto cariz infantil. Ese día quien más quien menos estrenaba algo nuevo de vestir, y en cuanto nos veíamos lo contábamos. Creíamos ingenuamente en el dicho: “Domingo de Ramos, al que no estrena nada, se le caen las manos”. En el fondo, era una forma de empezar lo que hoy el lenguaje comercial llama la moda de primavera, siempre de acuerdo con las austeras necesidades de entonces.
Ese día, además, antes de empezar la misa, se repartían los ramos, que en Reinoso eran de romero. Luego, se llevaban a casa y alguno de ellos se colgaba en alguna habitación y, también, en las cuadras de las mulas. Estaban bendecidos. Esos esquejes se cortaban de unos romeros que había en la linde de unas tierras alejadas del pueblo, cercanas a la raya con Soto y próximas al río, frente a Magaz. La víspera, los monaguillos eran los encargados de ir a por el cargamento que luego repartiría el cura.
Recuerdo el año en que fuimos Santos, Silvi y yo. Fuimos hasta allí con un burro que no sé ahora a quién pediríamos. Tengo una ligera idea de que, desde la otra orilla, los de Magaz nos “acantearon”. Lo que sí recuerdo bien es que, hecho el acopio de romero, lo cargamos en el burro (supongo que llevaríamos un saco para meterlo) y nos montamos los tres en él, y mientras íbamos por el camino, antes de desembocar en la carretera de Soto, el animal dio un traspiés y nosotros salimos despedidos por encima de su cabeza, dando con nuestros rostros en el suelo o, si se quiere, besando el polvo del camino. Pasado el susto, la anécdota nos sirvió para reírnos durante algún tiempo.
En los días antes del Jueves Santo las madres solían hacer los dulces de Pascua: rosquillas de baño y de palo, magdalenas (“madalenas”, decíamos) y algún otro tipo de pastas, siempre según receta de los antepasados. Las hacían en algún horno del pueblo, que no eran muchos, y el aire se impregnaba del dulce aroma de lo que se estaba cociendo. Luego las guardaban hasta el mismo día de Pascua.
El Jueves Santo por la mañana, o algún día antes, se ponía el monumento en el altar mayor, es decir, los cartones de doble fondo que imitaban un palacio romano y se ilustraban con escenas coloreadas de la Pasión. Los oficios de la tarde se hacían en el altar de Ánimas (el del Cristo), para lo cual había que dar una nueva disposición a los bancos de las mujeres, vueltos hacia él. Algún año, el ayuntamiento contrataba a un sacerdote para que los oficiase, dado que el cura ya tenía bastante con Villaviudas. Recuerdo especialmente un año –sería el 63 o 64– en que Conce (qepd) y Adelina, ellas dos solas, en el coro, cantaron la misa De Angelis. La entonación de las sencillas pero bellas melodías gregorianas, y en latín, causó asombro. El pueblo, desde abajo, las escuchaba admirado y recogido.
Acabada la misa, se llevaba el Santísimo al Sagrario del altar mayor, al fondo de los arcos abiertos del monumento, y las mujeres lo llenaban de velas para que ardiesen ante el Sacramento. Al día siguiente, retiraban sus restos y los guardaban para encender esos cabos los días de tormenta, pues se creía que “la vela del monumento” tenía poderes contra los rayos y truenos y preservaba la casa y a quienes andaban en el campo. Durante toda la tarde y la mañana siguiente, hasta el oficio del Viernes Santo, parejas de mujeres velaban por turnos al Santísimo y se le hacían distintas visitas. No se le debía dejar solo.
El Viernes Santo era un día revestido de tristeza: se conmemoraba la muerte del Hijo de Dios. Era, por eso, día de ayuno y abstinencia, aunque esto no alcanzaba a niños y ancianos. Ese día, en señal de duelo, no podían tocarse las campanas. Por eso, por la tarde, antes de empezar el oficio litúrgico, los monaguillos salían con las dos carracas por las calles del pueblo para anunciarlo. Y todos los chiguitos con ellos, esperando que les dejasen tocarlas un poco. Los oficios de ese día eran un tanto extraños, pues no seguían el guión de la misa pero había que ir.
El Sábado Santo era un día de transición, en que las chicas dejaban preparada a la virgen del Rosario para el día siguiente. Le ponían un velo negro y la convertían en Dolorosa. Sólo algún año recuerdo que hubo Vigilia Pascual. Al sonar el “gloria”, se tocaban las campanas y el monaguillo de turno agitaba las campanillas para que sonasen cuanto pudiesen. Al mismo tiempo, los otros iban por los altares retirando el velo morado que cubría a los santos. Al terminar la liturgia, las chicas se acercaban con una jarra para recoger del bautisterio el agua que se había bendecido esa noche y que serviría para los bautismos del año. Con esa agua se rociaba la casa y las cuadras del ganado, pues se creía que tenía virtudes contra hechizos y otras desgracias.
El Domingo de Resurrección era un día grande. Antes de la misa se celebraba la procesión del Encuentro. Las mujeres y chiguitas salían con la Dolorosa y tiraban por la izquierda para bajar por la carretera. Los hombres y chiguitos lo hacían detrás del cura, recubierto con capa y portando el Santísimo, y, en sentido contrario, bajando por las escaleras, salían también a la carretera y ascendían por ella hasta encontrarse con la imagen de la Virgen. Ambos grupos se paraban frente a frente y, a modo de representación, se le daba noticia a la madre de la resurrección del hijo y se producía el encuentro. A la Dolorosa se le quitaba entonces el velo de luto y quedaba cubierta de un velo blanco, como señal de alegría, en medio del repique de las campanas.
La alegría de la Pascua se celebraba con una comida de fiestas en la que no faltaban el lechazo y las rosquillas y otros dulces de Pascua. Yo no lo conocí, pero, anteriormente, en los buenos tiempos, me contaron que había baile después de cenar, que se repetía al día siguiente, Lunes de Pascua. Este día todavía coleaba la fiesta. No había escuela, y los chiguitos teníamos un día más de vacación.

A través de la liturgia de Semana Santa, el ciclo de la primavera se hacía presente. El fin del mal tiempo daba paso a los días de luz y granazón de las cosechas. La vida, un año más, vencía a la muerte. Estas ideas básicas del mundo pagano, tomaban en la liturgia cristiana un sentido más hondo y definitivo, que era el que esos días en la iglesia habíamos celebrado: Cristo, la Luz, había vencido a las tinieblas de la muerte. 















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