domingo, 2 de mayo de 2010

LA CUNA

LA CUNA.

Reinoso tiene su cuna donde duerme todas las noches al abrigo de la cuesta de Santa Lucía.
Debajo de esta colina, recostados y defendidos de los vientos, los habitantes del pueblo le arrullan con mimo durante siglos. Y le cantan como la mamá canta a sus hijos para que, relajado, emprenda el sueño de las utopías. “Duerme, duerme, mi niño, que tu madre te vigila”. “Duerme, duerme, Reinoso, que tus madres están cerca”, repite el eco de la historia con la misma música con que las propias mamás fueron arrulladas. Y las hazañas del pueblo van cuajando en el interior de la cuna hasta que van explotando paso a paso, al ritmo de la labranza, de la vendimia, de los lagares, de la poda y de la cosecha del trigo y de la cebada, del centeno y de la avena.

Reinoso tiene su cuna, su lugar, su geografía, su ubicación en el espacio.
En el lado opuesto de la cuesta de Santa Lucía se encuentra el río. El gran Río. El cervantino río Pisuerga. Tierra y agua. Fortaleza y suavidad. Como sus habitantes, recios de pala y azadón. Tiernos en las bodegas y suaves en la conversación con sus visitantes que llegan de Palencia, de Burgos, de Bilbao, de San Sebastián. El río remansa las cóleras, colorea la frontera con Villamediana, hace de puente entre los pueblos, comunica sus recuerdos a Magaz, recibe saludos de Torquemada. Reinoso, así, se hace universal. Largo como una cuerda fina y cantarina, denso como las rocas de la montaña. Acurrucado en la falda de un cerro, por una parte, y bañado por las aguas en la otra, consigue sus señas de identidad.
Austeridad y apertura. Intimidad y transparencia. Altura panorámica para divisar el horizonte y líquida llaneza castellana. Así sueñan las madres al pequeño hijo de su pueblo.

La cuna, que arranca en la Encomienda, tiene un agarradero de un solo eje. En él ponen las manos quienes pasean a este infante. Por este rectilíneo acceso asciende la muchedumbre de los
días y las noches y, a lo largo de los tiempos, acudieron al reclamo de bodas y bautizos miles de
píes acogidos por el vecindario que pobló la cuna de sus 23.000 kms. de superficie.
Por el puente y la carretera que le prolonga se penetra en Reinoso de Cerrato. Se camina hacia Villaviudas y el viandante deja a su izquierda la ribera del Pisuerga, la en sus tiempos Huerta de la Sra. Teodomira, la actual playa y el hotel que sus nietos miman con esmero. A su derecha se contempla un original chalet y con reverencia, respeto y un cierto temor religioso se mira de reojo el cementerio donde yacen nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros parientes y amigos. Se prosigue en silencio, dando un adiós a la Ermita del Cristo de la Salud, y se abre la campiña atravesada por la nueva carretera que conduce a Soto de Cerrato, hermano en años y extensión. Enfrente de la carretera de Soto y a la izquierda, el camino que va a las eras y a las antiguas escuelas. Llegamos a la mitad del recinto.
Pasando la calle que toca la espalda del reloj se abre la plaza bipolar, atravesada por el cuchillo de la carretera que estamos siguiendo y que parte en dos mitades el corazón de la villa. En la plaza, el Ayuntamiento herido por el tiempo, el reloj pleno de puntual sinceridad y la antigua casa del cura, posteriormente del médico. Continúa la calle mayor a la izquierda y a la derecha, otra calle que orada las entrañas de la población. En esta zona, se apelotonan los encuentros callejeros: tuerce a la izquierda la del Mesón y se empina la de D. Julián Ruiperez, ambas a la izquierda. Poco más arriba y a la derecha, la calleja que arranca de la casa de la Sra. Ausibia, la servicial señora que cruzaba a cada instante los metros que separaban la suya de la casa de la Sra. Crescenciana y Marcos Rodríguez.
Subimos más. A la derecha, la calle donde la Sra. Asun plantó e hizo crecer un hermoso jardín y a la izquierda, la calle de la Iglesia, donde nació uno de los mejores poetas palentinos, César Augusto. Un poco más arriba y en la izquierda se abre un empinado carril que guía a la iglesia y a las bodegas. En los primeros metros de este carril se hallaba la fragua del Sr. Julián Picado y al final del mismo, antes de pisar el templo bodeguero, estaba allá por los años 50 el horno de pan de la Sra. Manuela. Unos cien metros adelante, continuando nuestro viaje hacia el vecino pueblo de Villaviudas, un camino que conduce al antiguo molino, hoy convertido en la estación eléctrica “Virgen de la Luz”. De este camino se bifurca hacia la izquierda un ramal que nos introduce, de nuevo, en el Cotarro de San Cristóbal.

He aquí, la cuna de este niño llamado Reinoso de Cerrato. En ella vivieron, cuando más, en 1845, y a 740 metros sobre el nivel del mar, 359 personas. Hoy sólo quedan 70. Pero la cuna sigue intacta, dispuesta a prestar su hueco, su calor, sus ropas y su paisaje a quienes deseen escuchar canciones de nana en un relajado remanso de paz y de sosiego.

fdo. Martín Rodriguez Rojo



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