domingo, 12 de abril de 2020

Historia de la Semana Santa en Reinoso de Cerrato (autor César Augusto)


SEMANA SANTA EN REINOSO


César Augusto Ayuso



Dado que este año estamos obligados a no tener Semana Santa como Dios (o la Iglesia) manda y las horas recluidos en casa se hacen cada vez más largas, quiero pasar al papel en limpio, para compartir con vosotros, algunas noticias de lo que fue la Semana Santa en Reinoso. Primero haré una incursión en la historia a través de lo que fue la Cofradía de la Cruz, según los datos espigados en la parca, por incompleta, documentación que de ella existe en el Archivo Diocesano Provincial. En una segunda y tercera partes, añadiré algunas breves referencias al siglo XX, tal como me las contaron o yo las recuerdo.


I. La cofradía de la Vera Cruz

Si en los carnavales en el Cerrato eran las cofradías de Ánimas las que esos días tenían un protagonismo especial (ya hicimos en este blog la pequeña historia de la de Reinoso), en toda España eran las cofradías de la Vera Cruz, principalmente, las que protagonizaban la Semana Santa. Fueron las primeras dedicadas a conmemorar la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Primero aparecieron en los pueblos grandes y ciudades, en los que luego nacerían otras bajo distintas advocaciones –del Nazareno, del Santo Sepulcro, de la Dolorosa, etc-, pero en las pequeñas localidades fueron estas de la Cruz las que se extendieron en gran número.
En Reinoso también existió una cofradía de la Vera Cruz (o, abreviadamente, de la Cruz), de la cual tenemos solo noticias parciales debido a la escasa documentación que de ella se conserva: tan solo un libro de cuentas que se abre en 1813 y que poco a poco va dilatando sus apuntes hasta dejar de darlos. Sin duda, ese siglo dejó de existir, pero sus comienzos serían de mucho antes. Puede que naciese en el siglo XVII, e incluso puede que en el XVI, aunque debido a que Reinoso era un pueblo pequeño, no sería de los más tempranos (sí que sabemos que las Reglas del vecino pueblo de Valle tienen fecha de 1566), y estas cofradías en la diócesis de Palencia en las pequeñas poblaciones se propagaron principalmente en el XVII.















Aunque no tengo datos para confirmarlo, sí que creo que la ermita les perteneció a ellos, que ellos la levantaron. Gonzalo Alcalde, en su inventario de ermitas palentinas, dice que las trazas constructivas de nuestra ermita son del siglo XIX. Así será, pero lo más seguro es que se levantase sobre otra anterior, la de la cofradía. Estas ermitas de la Vera Cruz solían erigirse a la orilla del camino principal a la salida o entrada de las poblaciones, como así es en nuestro caso: el camino –no se hablaba de carreteras entonces– de salida a Palencia. Además, su principal imagen era un Cristo crucificado. Y este Cristo que preside el retablo de la ermita se acompañaba de tablas que narraban episodios de la vida de Santa Catalina de Alejandría, santa esta que estaba ligada al acompañamiento de la Pasión, pues San Vicente Ferrer fue quien propagó ambos cultos a principios del siglo XV. (Otras cofradías cerrateñas de esta titularidad de la Cruz tenían a esta santa como copatrona, casos de Villamediana, Antigüedad, Villahán o Villajimena, y la de Villaviudas fue la que encargó el retablo de esta santa en su iglesia parroquial). Estos tres hechos avalan el que la ermita fuera una construcción de la cofradía de la Vera Cruz, como nos atrevemos a pensar.
(Las tablas desaparecidas de Santa Catalina no serían encargadas por la cofradía, y es un enigma cómo llegaron a la ermita, pues si es verdad que pertenecen al pincel del llamado Maestro de Paredes, como dicen los entendidos en arte, era este un pintor activo en la primera mitad del siglo XVI, fecha demasiado temprana para relacionarla con la existencia de la cofradía).
Estas cofradías tenían entre sus reglas la obligación de salir en penitencia la noche del Jueves Santo. Ello consistía en una procesión en que los hermanos llamados “de sangre”, vestidos de bastas túnicas y con el rostro tapado, se flagelaban la espalda con unas correas en señal de penitencia, mientras los hermanos llamados “de luz” les iluminaban en el recorrido portando faroles. Pertenecer a una u otra condición quedaba a voluntad de los cofrades, que tenían que pagar cuotas distintas (menor los de sangre y mayor los de luz), pero al llegar a los 50 años todo cofrade pasaba a ser de luz, pues se consideraba que su constitución física ya no le permitía sufrir la dura disciplina.
La procesión se haría desde la ermita a la iglesia, con entrada en esta para hacer una oración, y vuelta a la ermita. La procesión la iniciaban las insignias, llevadas por hermanos: el estandarte, la cruz, el paso del crucificado, flanqueados por dos antorchas. A continuación el cura o los clérigos, y detrás, en dos filas, los disciplinantes flagelándose, y, distribuidos entre ellos, los hermanos de luz, que solían ser menos. El alcalde velaba porque ningún hermano llevase su disciplina hasta el extremo de temer por su salud. Una vez de vuelta a la ermita, acabada la procesión, a los disciplinantes se les lavaba las heridas de la espalda con vino blanco y alguna otra sustancia cicatrizante, y, a continuación, pasaban a tener todos los cofrades la colación. Esta solía hacerse en la misma ermita o local que tuviera la cofradía. Todo esto era así, con ligeras variantes, en todos los pueblos del contorno y aun de Castilla y otras regiones, hasta que el rey Carlos III prohibió por Real Cédula estas procesiones de disciplina en febrero de 1777.
Esta cofradía, además de la referida procesión nocturna y sobrecogedora, celebraba otras festividades. Por el libro de cuentas conservado sabemos que pagaban 12 misas cantadas con procesión dentro de la iglesia el segundo domingo de cada mes y que celebraban otras cuatro solemnidades en los días de la Invención de la Cruz (3 de mayo), la Exaltación de la Cruz (14 de setiembre) y los días dedicados por el santoral a San Fabián y San Sebastián (20 de enero) y San Roque (16 de agosto). Esos días celebraban las vísperas con responso y la misa cantada con procesión fuera de la iglesia.
Este libro de cuentas iniciaría en 1813 una especie de reanudación o recomposición de la cofradía tras el paréntesis de la guerra de los franceses, que paralizó la vida en los pueblos y les llenó con sus asaltos y requisas (animales de todo tipo, cereales, panes, vino, legumbres…) de miseria e incertidumbre. De hecho, muchas cofradías de los pueblos desaparecieron a consecuencia de dicha guerra y las que continuaron hubieron de ser rehechas en su economía, estatutos y reunificación de cofrades. (La diócesis de Palencia había estado sin obispo en esos años).
Al reanudarse en este año 1813, entraron nuevos 8 hombres y 4 mujeres, pagando como entrada un celemín de trigo, el equivalente a 16 reales. Además de estas cuotas, tenían otras fuentes de ingresos para abonar las misas encargadas durante el año en las festividades obligadas y por las memorias de los hermanos fallecidos, así como al orador que traían en Semana Santa (40 reales le dieron en 1814). Los mismos hermanos labraban y vendimiaban un majuelo propiedad de la cofradía –seguramente donado en herencia por algún antiguo cofrade o devoto encomendado a sus oraciones– y luego vendían el vino sacado de la cosecha, que en 1813 fueron 16 cántaras, a 12 reales la cántara. También tenían algunas ovejas. Si en ese año en que la cofradía reanudó su actividad solo era una cabeza, en 1825 ascendían a 26. De ellas vendían el queso, la lana y algún cordero para engrosar el peculio que luego emplearían en el culto. Si les sobraba dinero, se regalaban con un refresco en las vísperas de las festividades o “sejos”, como ellos decían.
Todos los años elegían cargos nuevos y tomaban las cuentas a los antiguos. Estas jerarquías eran el abad, que le correspondía al sacerdote de la parroquia, alcalde, mayordomo, llamador (este, con la esquila, avisaba de la muerte y entierro de los cofrades, así como los días de sejo o festividad, en que la asistencia de los cofrades era de obligado cumplimiento), y dos contadores.


II- Antes de la guerra

Añado dos apuntes de la Semana Santa que apenas algunos conocerán, pues se practicaban antes de la Guerra Civil, que es cuando Reinoso tenía párroco propio, es decir, exclusivo para él y residente en el pueblo, porque, al compartirlo más tarde con Villaviudas y residir en este pueblo, en Reinoso solo realizaba los oficios y no podía atender a otros actos piadosos tradicionales propios de esa semana. No otra fue la causa de que estos actos dejaran de celebrarse y se perdieran definitivamente.
Según me contaron mis padres, el Jueves Santo se bajaba a por el Cristo de la ermita y se le subía en procesión hasta la iglesia. Se subía cantando la Pasión. Las mujeres cantaban las letras y todo el pueblo iba repitiendo el estribillo. Al día siguiente, Viernes Santo, ya al anochecer, se le bajaba de la iglesia a la ermita repitiendo el mismo canto de la Pasión.











La existencia de esta costumbre solo puede explicarse como la continuación de un ejercicio realizado por la antigua cofradía de la Cruz que, al desaparecer, el pueblo no quiso que se perdiera. En las antiguas generaciones, existía una gran devoción a este Cristo llamado de la Salud. Al empezar el verano y al terminarlo solían decirse allí numerosas misas para pedir unas labores fructíferas y sin accidentes primero, y para dar las gracias una vez realizada la cosecha. Se celebraba, además, la fiesta de la Exaltación de la Cruz el 14 de setiembre, como hacía la antigua cofradía. También se le subía a la iglesia y el día de la fiesta se le bajaba. En ambas procesiones los mozos le iban danzando.
El otro acto era el llamado “Las tinieblas”, que solía realizarse en todos los pueblos el miércoles santo al atardecer. Ese hacía la delicia de los chiguitos, que se sentían regocijados protagonistas. En el altar se colocaba un tenebrario o candelabro de madera de cinco brazos con otras tantas velas encendidas. El cura, entre cánticos y plegarias, iba apagando paulatina y ordenadamente cada una de dichas velas. Al soplar la última, la iglesia quedaba completamente a oscuras, y los chiguitos, entonces, tenían licencia para hacer cuanto ruido pudieran. Golpeaban con piedras el piso de madera, agitaban botes llenos de cantos, percutían en latas y recipientes viejos, hacían sonar las carraquillas, las matracas… Todo valía para hacer el mayor estruendo posible. Hasta que las luces se encendían de nuevo.
Aquel desmedido estruendo infantil tenía una explicación. Las tinieblas se hacían para rememorar la muerte de Cristo, pues en ese instante, según los evangelios, el mundo quedó por unos momentos en tinieblas y la tierra se convulsionó como si se tratase de un terremoto. (Es lo mismo que evocan cada año los tambores de Calanda la mañana del Viernes Santo).


III- En los años sesenta

Lo que ahora repasaré son mis recuerdos de chiguito, lo que viví en la primera mitad de la década de los sesenta del pasado siglo. Lo primero que anunciaba la llegada de la Semana Santa era el domingo de Pasión, que era el anterior a Ramos. Ese domingo todos los santos de los altares de la iglesia aparecían tapados con un paño morado. Ello quería decir que a partir de ese día solo había que pensar en la Pasión y olvidarse de otras devociones.
El domingo de Ramos tenía un cierto cariz infantil. Ese día quien más quien menos estrenaba algo nuevo de vestir, y en cuanto nos veíamos lo contábamos. Creíamos ingenuamente en el dicho: “Domingo de Ramos, al que no estrena nada, se le caen las manos”. En el fondo, era una forma de empezar lo que hoy el lenguaje comercial llama la moda de primavera, siempre de acuerdo con las austeras necesidades de entonces.
Ese día, además, antes de empezar la misa, se repartían los ramos, que en Reinoso eran de romero. Luego, se llevaban a casa y alguno de ellos se colgaba en alguna habitación y, también, en las cuadras de las mulas. Estaban bendecidos. Esos esquejes se cortaban de unos romeros que había en la linde de unas tierras alejadas del pueblo, cercanas a la raya con Soto y próximas al río, frente a Magaz. La víspera, los monaguillos eran los encargados de ir a por el cargamento que luego repartiría el cura.
Recuerdo el año en que fuimos Santos, Silvi y yo. Fuimos hasta allí con un burro que no sé ahora a quién pediríamos. Tengo una ligera idea de que, desde la otra orilla, los de Magaz nos “acantearon”. Lo que sí recuerdo bien es que, hecho el acopio de romero, lo cargamos en el burro (supongo que llevaríamos un saco para meterlo) y nos montamos los tres en él, y mientras íbamos por el camino, antes de desembocar en la carretera de Soto, el animal dio un traspiés y nosotros salimos despedidos por encima de su cabeza. Fue visto y no visto, cuando quisimos darnos cuenta  estábamos en el suelo o, si se quiere, besando el polvo del camino. Pasado el susto, la anécdota nos sirvió para reírnos durante algún tiempo.
En los días antes del Jueves Santo las madres solían hacer los dulces de Pascua: rosquillas de baño y de palo, magdalenas (“madalenas”, decíamos) y algún otro tipo de pastas, siempre según receta de los antepasados. Las hacían en algún horno del pueblo, que no eran muchos, y el aire se impregnaba del dulce aroma de lo que se estaba cociendo. Luego las guardaban hasta el mismo día de Pascua.
El Jueves Santo por la mañana, o algún día antes, se ponía el monumento en el altar mayor, es decir, los cartones de doble fondo que imitaban un palacio romano y se ilustraban con escenas coloreadas de la Pasión. Los oficios de la tarde se hacían en el altar de Ánimas (el del Cristo), para lo cual había que dar una nueva disposición a los bancos de las mujeres, vueltos hacia él. Algún año, el ayuntamiento contrataba a un sacerdote para que los oficiase, dado que el cura ya tenía bastante con Villaviudas. Recuerdo especialmente un año –sería el 63 o 64– en que Conce (qepd) y Adelina, ellas dos solas, en el coro, cantaron la misa De Angelis. La entonación de las sencillas pero bellas melodías gregorianas, y en latín, causó asombro. El pueblo, desde abajo, las escuchaba admirado y recogido.
Acabada la misa, se llevaba el Santísimo al Sagrario del altar mayor, al fondo de los arcos abiertos del monumento, y las mujeres lo llenaban de velas para que ardiesen ante el Sacramento. Al día siguiente, retiraban sus restos y los guardaban para encender esos cabos los días de tormenta, pues se creía que “la vela del monumento” tenía poderes contra los rayos y truenos y preservaba la casa y a quienes andaban en el campo. Durante toda la tarde y la mañana siguiente, hasta el oficio del Viernes Santo, parejas de mujeres velaban por turnos al Santísimo y se le hacían distintas visitas. No se le debía dejar solo.
El Viernes Santo era un día revestido de tristeza: se conmemoraba la muerte del Hijo de Dios. Era, por eso, día de ayuno y abstinencia, aunque esto no alcanzaba a niños y ancianos. Ese día, en señal de duelo, no podían tocarse las campanas. Por eso, por la tarde, antes de empezar el oficio litúrgico, los monaguillos salían con las dos carracas por las calles del pueblo para anunciarlo. Y todos los chiguitos con ellos, esperando que les dejasen tocarlas un poco. Los oficios de ese día eran un tanto extraños, pues no seguían el guión de la misa pero había que ir.
El Sábado Santo era un día de transición, en que las chicas dejaban preparada a la virgen del Rosario para el día siguiente. Le ponían un velo negro y la convertían en Dolorosa. Sólo algún año recuerdo que hubo Vigilia Pascual. Al sonar el “gloria”, se tocaban las campanas y el monaguillo de turno agitaba las campanillas para que sonasen cuanto pudiesen. Al mismo tiempo, los otros iban por los altares retirando el velo morado que cubría a los santos. Al terminar la liturgia, las chicas se acercaban con una jarra para recoger del bautisterio el agua que se había bendecido esa noche y que serviría para los bautismos del año. Con esa agua se rociaba la casa y las cuadras del ganado, pues se creía que tenía virtudes contra hechizos y otras desgracias.
El Domingo de Resurrección era un día grande. Antes de la misa se celebraba la procesión del Encuentro. Las mujeres y chiguitas salían con la Dolorosa y tiraban por la izquierda para bajar por la carretera. Los hombres y chiguitos lo hacían detrás del cura, recubierto con capa y portando el Santísimo, y, en sentido contrario, bajando por las escaleras, salían también a la carretera y ascendían por ella hasta encontrarse con la imagen de la Virgen. Ambos grupos se paraban frente a frente y, a modo de representación, se le daba noticia a la madre de la resurrección del hijo y se producía el encuentro. A la Dolorosa se le quitaba entonces el velo de luto y quedaba cubierta de un velo blanco, como señal de alegría, en medio del repique de las campanas.
La alegría de la Pascua se celebraba con una comida de fiestas en la que no faltaban el lechazo y las rosquillas y otros dulces de Pascua. Yo no lo conocí, pero, anteriormente, en los buenos tiempos, me contaron que había baile después de cenar, que se repetía al día siguiente, Lunes de Pascua. Este día todavía coleaba la fiesta. No había escuela, y los chiguitos teníamos un día más de vacación.
A través de la liturgia de Semana Santa, el ciclo de la primavera se hacía presente. El fin del mal tiempo daba paso a los días de luz y granazón de las cosechas. La vida, un año más, vencía a la muerte. Estas ideas básicas del mundo pagano, tomaban en la liturgia cristiana un sentido más hondo y definitivo, que era el que esos días en la iglesia habíamos celebrado: Cristo, la Luz, había vencido a las tinieblas de la muerte.

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